Gracias al trabajo de Juan Manuel Blanco Rojas disponemos del siguiente artículo, así como de la ponencia al respecto que ofreció el 15 de diciembre de 2017[1] dentro del ciclo Conferencias de Otoño en el Centro de Cultura hoyense:
VELÁZQUEZ Cacería de jabalíes en El Hoyo
Velázquez[2][3] pintó un cuadro titulado “Cacería de jabalíes en el Hoyo”; es decir, en Hoyo de Manzanares, provincia de Madrid, en un paraje muy cercano al Real Monte del Pardo[4][5][6].
Cacería de jabalíes en el Hoyo en la National Gallery junto a La Venus del Espejo, entre otros
El original de este cuadro se encuentra expuesto en la sala 30 de la National Gallery de Londres[7][8][9][10][11][12]. El rey Fernando VII se lo regaló a sir Henry Wellesley, embajador de Inglaterra; el cual, años después lo vendió por 2.200 libras a la National Gallery. Sir Henry Wellesley fue hermano del duque de Wellington.
Cartel de la Venus del Espejo en la célebre exposición Velázquez del Museo del Prado en 1990. Mientras esta obra volvió temporalmente a Madrid, la Tela Real nunca ha vuelto a España[13]
El cuadro de Velázquez está expuesto junto a una de sus obras más conocidas, “La Venus del espejo” y sorprende a todos lo que lo ven por su buena factura y el detalle de sus figuras.
El cuadro de Velázquez es autoexplicativo; pero tenemos la suerte de contar con una descripción minuciosa de este tipo de cacerías, realizada por uno de los expertos de la época, Alonso Martínez de Espinar, que daba el arcabuz a su Majestad el rey Felipe IV[14] y era el ayuda de cámara del príncipe heredero Baltasar Carlos. Martínez Espinar publicó en 1644 un libro titulado “Arte de Ballestería y Montería”.
A continuación reproducimos el capítulo XIX del Libro I y el capítulo XXXII del Libro II, donde se explica en detalle esta cacería con lonas, por eso al cuadro de Velázquez se le conoce también con el nombre de “La Tela Real”.
De los instrumentos de telas y redes, que tiene su Majestad en su Real montería y otras redes, con que se cogen aves y caza menor
“Entre otros instrumentos que hay de caza, tiene su Majestad unas telas con que se cercan los montes, y la caza que se coge dentro no se puede salir, por ser ellas de más de estado y medio de alto (la altura de un hombre y medio), de manera que ningún animal las puede saltar, y con dificultad romper, porque son de muy fuerte cáñamo torcido; se cerca con ellas una legua en redondo: cogen dentro todo género de caza: jabalíes, venados, gamos, lobas, zorras y otros animales. Este instrumento no lo puede tener en España sino el Rey Nuestro Señor, por ser de mucho coste y trabajo para cazar con él. Estas telas las trajo a España el Emperador Carlos V, de gloriosa memoria; porque allí las han usado algunos príncipes soberanos. Son de esta forma: por las orillas alta y baja, están guarnecidas de unos cordeles de cáñamo muy fuertes, y a trecho de vara y media les van dejando unas lanzadas del mismo cordel, de cuatro o seis dedos de largo, para que por cualquier parte que se quieran poner caigan siempre al derecho, y así no tienen haz ni envés. Es cada tela de largo de treinta y seis a cuarenta pasos, poco más o menos. En la una parte del remate de la tela hay unos botones de palo largos, y en la otra, otros tantos ojales con que se enclavijan unas con otras, y para levantarlas en alto tienen unas lanzas de pino, y en cada cabeza de lanza un argolla de hierro, que la guarnece; la cual tiene a un lado un garabato (según RAE, garabato es un instrumento de hierro con punta en forma de semicírculo, que sirve para tener colgado algo, o para asirlo o agarrarlo) que ase en las lazadas de la cuerda, y para levantar la tela, y que se tenga fija en el aire, en una misma lazada ponen dos lanzas, una por la parte de adentro y otra por la de afuera, que asen los garabatos de ellas en una, como está dicho. Los cuentos (según RAE, cuento es el regatón o contera de la pica, la lanza, el bastón, etc...) de estas lanzas están puntiagudos, para que se hinquen en la tierra, con lo cual están fijas y se tiene en lo alto, y donde hay árboles las entremeten entre uno y otro, y las atan a ellos, para que si viniere aire recio, no las levante, que lo hace con mucha facilidad, arrancando los árboles y carros a que están atadas, como si fueran de pluma; y aun se hace más prevención, que por la parte que ellas se asientan en la tierra, que es más de media vara, las cubren de cantidad de ella, y en las sortijas de las cuerdas hincan unos clavos muy fuertes, que están hechos para aquel efecto. Todo lo cual se hace para poderlas tener seguras, y muchas veces lo dicho no basta. Cuando su Majestad quiere hacer alguna montería con ellas, lo dice al Montero mayor, que hoy es el señor Marqués del Carpio (Don Luis Méndez de Haro y Guzmán, IV marqués del Carpio, I duque de Montoro y II conde-duque de Olivares) y él da la orden a su sotamontero (según RAE, sotamontero es el hombre que hace las veces del montero mayor), el cual manda al alguacil de las telas avise a los monteros, que en todos son treinta y seis: cuatro de caballo, cuatro de traílla, y veintiocho de ventores y lebreles. El alguacil que tiene estas telas a su cargo, le tiene de maherir (maherir, según RAE, señalar, buscar, prevenir) carros en que se lleven, que son menester veintiuno. Así mismo cuida de alojar a los monteros, y tenerles provisión para su sustento.
Tiene asimismo la montería un capellán, que les dice misa, y fuera de las telas las tiene redes en que se cogen jabalíes, lobos y zorras, son de un cordel muy fuerte, como es necesario, para que sujeten animales, que tanta fuerza tienen; se usan otras redes para venados y gamos, son más altas y de mayores mallas; unas y otras se arman en estacas hincadas en la tierra. Hay otros muchos modos de redes, aunque no los tiene la montería; pondremos aquí sus nombres y de otros instrumentos”.
De la Montería de telas, que tiene su Majestad; y de la manera que se ponen estas para coger los jabalíes, y otra cualquiera caza
“Si se ha de encerrar algún jabalí en estas telas, lo primero se ha de concertar, y saber en la parte fija que está: porque para haberlas de echar es necesario ver la tierra a la redonda por donde las han de tender, que conforme la disposición de ella se hace; porque alguna vez es necesario tomar mucha, y otras poca. Las diligencias que se hacen primero que se empiecen a poner, es procurar asegurar el puerco, para que no se vaya, y como esto está en su mano, buscar el hombre alguna astucia para engañarle. Lo primero, al monte en que está se da una vuelta redonda a caballo, para que por todas partes tengan sentimiento de él, y cuando llegue el mayor de echarle las telas, espere ya, mas de cauteloso, que por no tener conocido lo que le anda a la redonda. Hecho esto, se llevan todos los carros a la parte más alta, que tiene el concierto: esto se hace porque se vayan tendiendo cuesta abajo, por el mucho peso de ellas, que, cuando es necesario ir cuesta arriba, es grandísimo el trabajo que se pasa para ponerlas: y asimismo no se pueden repechar (repechar, según RAE, subir por un repecho) los carros con ellas, aunque es mucha la gente que trabaja en esto.
Desde el principio donde se pone la primera tela, se dividen los carros, y van diez por una parte, y diez por otra, y esto asimismo se hace para que cojan en medio el monte donde está el jabalí, y el que tenga sentimiento por entre ambas partes, porque al principio de tender las telas es cuando mayor peligro hay de que se levante, que en empezando a sufrir el ruido, ya aguarda con cautela, como está dicho; siendo posible, se ha procurar empezarle a cercar pico a viento (pico a viento, según RAE, entre cazadores, con el viento en la cara), y más lejos de él, que por donde se haya de rematar el cerco: que hasta que él esté empeñado en su bellaquería, queriéndose quedar escondido, como lo habrá hecho muchas veces, no es bien sepa todo lo que le anda a la redonda; que tal vez por no mirar mucho en esto, se atemorizan de manera que, estando ya casi puesta las telas, se levantan, y rompen por la gente.
Si la tierra no fuere a propósito para empezarle a cercar pico a viento, se ha de procurar, que el primer sentimiento de que él se pueda recelar, se le haga de la parte que él tiene la huida para otra querencia, que es muy considerable circunstancia para que aguarde, oír el ruido en el camino que él había de tomar y, por no ser visto, no osa salir de donde está, y si le hacen este sentimiento al revés, y le dejan su huida libre, las más veces deja burlados los Monteros, y se escapa; esto se ha de hacer hasta cercarle; ya cercado a lo largo se procura poner en menos monte, para lo cual se asegura muy bien el cerco, cargando lo que sobra debajo de mucha tierra, y echando grandes clavos en las cuendas (cuenda, según RAE, cordoncillo de hilos que recoge y divide la madeja para que no se enmarañe), donde hay hoyos, y badenes, atando las telas a los árboles, y carros, y fortaleciendo las lanzas que las levantan, hasta que quedan seguras.
Luego se reparten los Monteros en dos tropas, unos a la redonda de la tela, guardándola no se caiga, particularmente los días que hace viento, todas las precauciones no basta: los otros entran a levantar al jabalí, el cual sale huyendo para escaparse, y da en la tela, y cuando ve aquella pared que él no puede saltar, anda una, y muchas veces a la redonda, y como los que la guardan desde la parte de afuera le dan voces, en desahuciándole, que no puede salir, se vuelve a su espesura. Los Monteros procuran arrimarle a alguna parte donde le pueden estrechar con otras telas, para meterle en donde (cuando se haya de correr) salga luego sin que se canse: y así lo hace echándole atajos de telas, y restringiéndole todo aquello que les parece han menester.
En este estado se mira dónde ha de ser la contratela (que así se llama la plaza donde se ha de correr el jabalí), que para ella se busca la parte más rasa y llana, a la redonda de donde está cercado, y que esté más en el camino de la querencia a donde el podría huir, si se viese libre. Esta plaza ha de tener de largo y ancho cien pasos: desde ella se ha de hacer una calle de telas, que llega hasta donde está el jabalí, con otras atravesadas, las cuales bajan cuando le quieren meter en ella, de manera que, en levantándole de donde está, pueda entrar, y en saltando por encima, las alzan, para que no se pueda volver al monte, y vaya a la plaza donde está el Rey nuestro Señor, y la Reina, y Damas en carroza. Aguarda allí el Rey a caballo a la gineta, vestido de gala a uso de montería, que este día es muy célebre y de gran festejo. Están asimismo con el Rey los Caballeros que quien les toca aquel lugar por sus oficios, que vienen a ser el Montero mayor, y los Gentileshombres de la Cámara, el Mayordomo, y Caballerizo mayor de la Reina nuestra Señora, el Alcaide de aquel bosque, y su Teniente, o Guarda mayor, los Ballesteros: y si algún otro hubiere de estar, ha de ser con particular licencia.
Así mismo para esta fiesta, si hay algún Príncipe extranjero, le manda convidar su Majestad. Junto a la carroza de la Reina están dos Monteros de guarda con sus venablos: y en las de las Damas uno. En estando despejada la plaza de la demás gente, y caballos de las carrozas, da el Montero mayor a su Majestad una horquilla, el asta de pino tan larga como un garrocho de torear, el hierro de esta horquilla dorado, y ella tan ancha que quepa en ella el hocico del jabalí de los ojos abajo: a los demás Caballeros se les dan todas de pino. En este estado manda su Majestad al Montero mayor le traigan, y él da la orden para que se ejecute. Bajan entonces las telas de la plaza por la parte que ha de entrar, y van por él: en saltando dentro de la contra tela, alzan las telas, y queda cercado, y visto que no tiene por donde huir, hace cara: sale su Majestad a él, y en viéndole delante, le arremete para herirle el caballo: ponerle la horquilla en el hocico, y allí desarma el golpe; pero muchas veces no se aprovecha esto, y le da muy grandes heridas; de esta manera quiebra muchas horquillas. Cuando el jabalí es muy valiente hay fiesta para todos; porque, al que se le arrima, arremete como un toro, y los señores quiebran otras muchas. En estando cansado, para embravecerle más, le sueltan dos sabuesos, y suele en breve tiempo darles muy grandes heridas, y dejarlos hechos pedazos: en estando tan cansado que no puede arremeter, le sueltan toda la montería, que es muy de ver la riza (riza, según RAE, destrozo o estrago que se hace en una cosa) que hace; llegan los lebreles, y ásenle, con esto se acaba la fiesta.
A la noche llevan los Monteros el jabalí delante de las ventanas del Rey, y allí se hace una hoguera, en que le chamuscan, y ponen una mesa, y le abre el Montero más antiguo: están los demás a la redonda con los lebreles y sabuesos, tocando las bocinas a la muerte del jabalí: traen mucho pan hecho pedazos, y mojado en la sangre lo dan a los perros para que se ceben, junto con el corazón y tripas. Tienen los Monteros este día (demás de su ordinaria ración) seis carneros, cien panecillos, un pellejo de vino y doce ducados en dinero: y lo mismo se les da siempre, que con las telas cercan alguna de estas cazas, jabalíes, venados, gamos, y lobos, aunque su Majestad no quiera ver después esta fiesta”.
Se han intercalado en el texto una serie de escenas extraídas del cuadro de Velázquez y de un grabado del pintor Francisco Collantes y del grabador Pedro Perete, en el que se puede apreciar cómo se sujetaban las lonas, y los carruajes que utilizaban la reina y sus acompañantes, a los cuales se les desenganchaban las mulas para que no resultaran heridas o espantadas por los jabalíes, quedando fuera de la contratela, como se observa en el cuadro.
También se puede apreciar, tanto en el cuadro de Velázquez como en el grabado de Collantes y Perete, que en este tipo de cacerías no se utilizaban lanzas, sino unas varas terminadas en horquillas, porque no se trataba tanto de matar al jabalí, como de acosarle y dominarle, sin que hiriera al jinete y al caballo, demostrando el rey su destreza y valentía ante la reina y sus invitados.
El rey Felipe IV era un hábil jinete y un experto cazador, reconocido por sus coetáneos; quiso que su pintor de cámara, Diego Velázquez, le retratase en este tipo de actos, que, más que una cacería era un espectáculo, en el que él era el único y principal protagonista, por eso aparece en dos escenas en el mismo cuadro: cogiendo una vara con horiquilla de uno de sus ayudantes y acosando a un jabalí.
Cuando el rey Felipe IV quería cazar jabalíes utilizaba la lanza, como aparece en un grabado del libro de Juan Mateos, ballestero principal de su Majestad, titulado “Origen y dignidad de la caza”.
Este tipo de caza a caballo con lanza se sigue practicando hoy en la finca del El Pendolero, en los alrededores de Hoyo de Manzanares.